El portón azul se abrió frente a mí, a mi lado caminan otros compañeros reporteros. Un aire denso se coló por las rejas que pasamos para poder llegar a la puerta principal. Hoy, desde nuestra labor periodística, entramos al penal o Centro de Reinserción Social (Cereso) de San Miguel para conocer el interior.

Antes, el gobernador de Puebla, Alejandro Armenta hizo un recorrido privado acompañado por la fiscal Idamis Pastor. También estuvo el secretario de Gobernación, Samuel Aguilar Pala y por supuesto el titular de la Secretaría de Seguridad Pública (SSP), Francisco Sánchez.
Este penal alberga actualmente a 3 mil 318 personas, todavía hay espacio para unas 80 más, según el titular de la SSP. Aquí está Javier López Zavala, lo trajeron de Tepexi por el juicio derivado del femincidio de la Cecilia Monzón, abogada y madre de su hijo.
Es la primera vez en años que San Miguel no está hacinado.
Recibimos indicaciones claras: nada de ropa en tonos oscuros. Negros, grises o cafés están prohibidos para evitar cualquier confusión con los uniformes de los custodios o las personas privadas de la libertad (PPL).

Entregamos nuestras identificaciones y recibimos gafetes. Cada movimiento está vigilado. La seguridad es rigurosa, pero no agresiva. Los custodios observan con firmeza, como si cada visitante fuera una pequeña alteración en la rutina monótona de este lugar.

Apenas cruzamos el portón, el bullicio de la ciudad queda atrás. Aquí, el silencio pesa. Se siente en los pasillos y se refleja en las miradas de quienes nos ven pasar. La calma, al menos para mí, es inquietante.
Nuestra primera parada es el centro de monitoreo. Desde aquí, un equipo de cuatro personas por turno vigila cada movimiento. Las cámaras abarcan todos los rincones del penal. Nadie está realmente solo.
Crónica dentro del penal de San Miguel, uno de los más importantes de Puebla
“El penal de San Miguel tiene 41 años y comprende 18 hectáreas”, nos explica el subsecretario de Centros Penitenciarios, el capitán de navío Miguel Ángel Rivas Lozano.
Actualmente, sólo cuatro mujeres permanecen aquí bajo amparo judicial. Las demás fueron trasladadas a Ciudad Serdán”, añadió.
Me queda claro que él conoce los códigos del encierro, las reglas que sostienen la estructura y el orden.

Nos dirigimos al área de clasificación. Aquí es donde cada recién llegado pasa por una evaluación médica, psicológica y social. La ubicación en los dormitorios se decide con base en este análisis. Son 29 módulos nombrados por letras del abecedario.
Incluyen sitios para personas vulnerables como personas con discapacidad, con algún tema de salud mental. E incluso hablantes de alguna lengua indígena que requiera traductor.
Me llama la atención que la mayoría de los custodios nos regalan un saludo y hasta una sonrisa. Se cuadran al paso del capitán, lo saludan como su superior.
Luego avanzamos a los talleres. El espacio se asemeja a una secundaria técnica: salones de tabique marrón. Aquí reciben clases de guitarra, canto y próximamente teatro.
Tambien hay una biblioteca. Y es que actualmente alrededor de 200 PPL’S cursan algún grado académico de nivel básico y superior. Dos de ellos hacen una maestría en Derecho.
Llegamos al centro de cómputo. Las computadoras son antiguas, prácticamente obsoletas, las sillas están rotas y creo que si quisiera hacer un documento tardaría todo un día.

Cabe destacar que no tienen acceso a internet, pero en la visita previa el gobernador Alejandro Armenta dijo que esta era un área a fortalecer.
A pesar de las limitaciones, algunos internos imparten clases de informática a sus compañeros. Lo hacen con paciencia, conscientes de que, en un entorno donde el tiempo sobra, enseñar también es una forma de redimirse.
Después acudimos a la nave destinada para los artesanos, donde un grupo de internos teje bolsas de colores vivos. Otros tallan madera o trabajan en cuadros de repujado.
El capitán nos explica que lo que crean puede ser vendido por sus familias o a través de una tienda en el Centro Integral de Servicios (CIS) de San Javier. Cada pieza es un intento de reconstrucción, un pequeño logro o distracción en medio del encierro.
Aquí pude ver por primera vez a una persona privada de la libertad y es jamás había entrado a un cereso. Y sí, es como en las películas. Portan un uniforme beige y una playera blanca.
Pude observar a por lo menos seis hombres, ninguno nos volteó a ver. No sé si por pena, o probablemente no lo tengan permitido. Sus asientos eran improvisados con botes de pintura.
Aquí se hacen bolsas de mano, juguetes, cuadros y hasta guitarras. De hecho, vi una que tenía un costo de 16 mil pesos, claro, hecha a mano y con finos detalles.

Al salir de las artesanías, en la explanada están las ruinas de “El Pueblito”. Se presentan como testigos de lo que alguna vez fue una zona VIP.
Había cuartos con aire acondicionado, gimnasios privados y estancias para encuentros sexuales, un espacio de corrupción. Según estimaciones, las ganancias llegaban a los tres millones de pesos semanales.
Hoy solo queda escombro y se colocaron unas palapas para la convivencia. La demolición fue simbólica y necesaria. Pero las huellas del pasado permanecen.

Aquí tenían una lujosa residencia los hermanos Tiro Moranchel, esos que defraudaron con millones a muchas personas a través de Invergroup y Sitma.
Procedimos a caminar por un pasillo estrecho, al menos para mí, donde solo puedes ver el cielo y elevadas paredes. Casi me caigo, pero hay de donde agorarse: alambrado por todas partes.
En la cocina, la disciplina se refuerza. Cada cuchillo, espátula o herramienta metálica está bajo candado. Todo utensilio es contabilizado. No hay margen para el descuido.
Nos colocan un gorro y un cubreboca para garantizar la sanidad del sitio. Aunque a las afueras me topé con un depósito de residuos que no olía nada bien.
Vi algunas cajas de papa y costales de soya. Nos explican que los menús son iguales en todos los penales del estado.
El día inicia con el desayuno a las 7 de la mañana, a medio día la comida y su cena y último alimento se sirve a las 5 de la tarde. Aquí no se permite llevar alimentos a las celdas.
Atrás de todo esto, está una tortillería y la planta tratadora de agua. Esa donde la semana pasada cayó y murió Germán, un reo preso por robo de cable que nunca tuvo una visita en tres años.
La tienda interna también tiene sus reglas. Productos como shampoo o cloro son racionados para prevenir autolesiones. Las latas de atún están prohibidas porque pueden ser transformadas en armas. Incluso el hueso de un mango, tallado con precisión, puede convertirse en un objeto punzocortante.
Al caminar de regreso a la salida tuvimos una charla de cierre con el subsecretario. Nos comentó que el preferiría ser un PPL a un indigente, pues al interior de San Miguel se tienen más derechos que en la calle.
Aseguró que aquí es obligación del estado velar por la salud, educación y alimento de los internos. Incluso si uno de ellos es diagnosticado con cáncer y en el sector público no hay medicamentos, conseguirlos.
Confirmó que hay personas que llevan años en estado de abandono, por lo que a través del gobierno o donaciones se les dota de ropa.
De momento sentí unas miradas y es que llegó una van. Algunos internos, al parecer, regresaban de audiencia… observan a través de las ventanillas.
Sus ojos nos siguen. No es enojo ni desafío. Es una mirada silenciosa, quizá de curiosidad o incluso envidia, pues nosotros, con solo entregar un gafete, recuperamos nuestra libertad. Ellos no.
No les falta nada, pero tampoco es un hotel ni están de vacaciones.
A las 5:30 de la tarde aproximadamente salimos del penal. El aire nos volvió a dar la bienvenida, como un recordatorio de lo que significa estar afuera.
No hay respuestas simples sobre lo que ocurre dentro de San Miguel. Hay quienes purgan penas merecidas, otros aguardan juicios, y algunos, tal vez, cumplen condenas que no les corresponden.

Lo cierto es que la vida aquí continúa. Detrás de cada muro y cada reja, hay historias de culpa, de arrepentimiento, pero también de esperanza.
No pude evitar subir a mi auto y derramar una que otra lágrima. Deseo que la justicia realmente sea pronta y expedita. Quien lo merezca, permanezca y quien no, pueda cruzar esa puerta como yo.
Hoy #AmbasManos realizó un recorrido al interior del penal de San Miguel de #Puebla. Aquí te contamos todo lo que vimos.#AmbasManos | @_Carbente_ https://t.co/XCHDTtz8hX pic.twitter.com/njfk7ZI4RI
— Ambas Manos (@Ambas_Manos) March 26, 2025

