Guillermo del Castillo

Guillermo del Castillo Cajica

Lo que ves no es lo que otros ven

El silencio llena la habitación. Para ti es paz, es calma, es el espacio donde finalmente puedes respirar. Pero la persona frente a ti está inquieta, nerviosa, sintiendo cada segundo como una eternidad. Para ella ese mismo silencio es abandono, es rechazo, es la antesala de algo terrible que está por venir. Mismo momento. Mismo lugar. Dos mundos completamente diferentes.

Y ahí está el problema. Pensamos que todos vemos lo mismo. Que una sonrisa es una sonrisa. Que un abrazo es un abrazo. Que las palabras significan lo mismo para todos. Pero no es así. Nunca lo ha sido. Porque no vemos la realidad con los ojos. La vemos con nuestras heridas. No escuchamos con los oídos. Escuchamos con nuestros miedos. Y cada persona carga una mochila diferente, llena de experiencias que moldean cada cosa que percibe.

Piensa en algo tan simple como un tono de voz elevado. Para ti puede ser solo emoción, pasión, una forma natural de expresarte cuando hablas de algo que te importa. Pero para quien creció en una casa donde los gritos anunciaban violencia, ese mismo tono es una alarma. Su cuerpo se tensa. Su mente busca salidas. Su corazón se acelera. No porque tú estés siendo agresivo. Sino porque su historia le enseñó que después de los gritos viene el dolor.

O mira esto: alguien te pide espacio. Para ti eso puede ser un ataque, un rechazo, una señal de que ya no te quieren. Porque en tu pasado, cuando alguien pedía distancia, nunca regresaba. Pero para esa persona, pedir espacio es amor. Es su forma de cuidarse para poder regresar entera. Es su manera de no lastimarte cuando está desbordada. Misma acción. Significados opuestos. Y los dos están peleando por algo que el otro ni siquiera entiende.

¿Y qué tal un mensaje corto? “Ok.” Dos letras. Para ti puede ser solo una respuesta rápida porque estás ocupado. Pero para quien está del otro lado, esas dos letras son indiferencia. Son frialdad. Son la confirmación de que algo anda mal. Porque su ex le respondía así justo antes de desaparecer por días. Entonces ese “Ok” no es solo un ok. Es un detonante. Es una herida que se abre otra vez.

Alguien llega tarde. Para algunos es falta de respeto, es no importarles, es una señal clara de que no son prioridad. Porque crecieron esperando a alguien que nunca llegó y eso les enseñó que el tiempo de otros importa más que el suyo. Pero para quien llega tarde, quizás es ansiedad. Quizás es pánico de no ser suficientemente bueno y quedarse más tiempo preparándose. Quizás es un día difícil donde apenas pudo salir de la cama. Ninguno de los dos está equivocado. Ambos están respondiendo a historias que el otro no conoce.

O considera esto: un cumplido. “Te ves bien.” Para ti puede ser alegría pura, un impulso genuino de hacer sentir bien a alguien. Pero para quien fue acosado, para quien sufrió abuso, para quien aprendió que los cumplidos venían con intenciones ocultas, esas palabras generan desconfianza. No porque tú seas una amenaza. Sino porque alguien más lo fue. Y su sistema de supervivencia no puede distinguir entre tú y esa sombra del pasado.

La verdad incómoda es esta: no estamos reaccionando al presente. Estamos reaccionando al pasado proyectado en el presente. Cada conversación está llena de fantasmas que la otra persona no puede ver. Cada gesto carga con interpretaciones que vienen de batallas que no presenciaste. Y ahí está la trampa. Juzgamos las reacciones de otros como si tuvieran nuestro contexto. Como si hubieran vivido nuestra vida. Como si sus heridas fueran iguales a las nuestras.

Pero no lo son. Y cuando olvidas eso, te vuelves cruel sin darte cuenta. Llamas dramática a alguien cuyo trauma le enseñó que si no reacciona fuerte, nadie le hace caso. Llamas frío a alguien que aprendió que mostrar emociones era peligroso. Llamas exagerado a alguien cuya supervivencia dependió de anticipar cada amenaza. Y todo porque asumes que tu forma de ver el mundo es la forma correcta. La única. La obvia.

Y aquí está donde muchos cometen el error más grande: tratan de imponer su realidad como si fuera universal. Intentan convencer al otro de que está viendo mal, sintiendo mal, reaccionando mal. Como si existiera una sola forma correcta de experimentar la vida. “No deberías sentirte así.” “Estás exagerando.” “Así no son las cosas.” Pero cuando haces eso, cuando invalidas la experiencia de alguien solo porque no coincide con la tuya, no estás ayudando. Estás borrando. Estás diciéndole que su historia no importa, que su dolor no es real, que necesitan ajustarse a tu versión de la verdad para ser aceptados. Y eso no es amor. Eso es control disfrazado de ayuda.

Respetar que otros vean diferente no significa que tengas que adoptar su visión. Significa reconocer que ambas pueden coexistir. Que no necesitas que todos piensen como tú para que tu forma de ver sea válida. La necesidad obsesiva de que otros vean las cosas exactamente como tú las ves viene del miedo. Miedo de estar equivocado. Miedo de que si aceptas otra perspectiva, la tuya pierda valor. Pero la realidad es que las verdades pueden convivir sin aniquilarse. Tu paz en el silencio y su incomodidad en el silencio pueden ser ambas reales, ambas válidas, sin que ninguna cancele a la otra.

Entonces cuando alguien reacciona de una manera que no entiendes, antes de juzgar, antes de etiquetar, antes de enojarte, haz una pausa. Pregúntate qué historia podría estar detrás de esa reacción. Qué dolor no sanado está hablando. Qué miedo está gritando. Porque rara vez se trata de ti. Casi siempre se trata de algo que sucedió mucho antes de que llegaras.

Y esto no significa que tengas que aguantar todo. No significa que justifiques comportamientos dañinos. Significa que entiendas que todos están peleando batallas que no puedes ver. Que todos cargan cicatrices que dictan cómo interpretan cada palabra, cada gesto, cada silencio. Y cuando entiendes eso, tu forma de relacionarte cambia. Te vuelves más paciente. Más curioso. Menos rápido para atacar.

Pero aquí viene la otra cara de la moneda, y esta duele: entender tu historia no te da permiso para quedarte atrapado en ella. Sí, tu pasado explica por qué reaccionas como reaccionas. Pero no te exime de la responsabilidad de trabajar en ello. No puedes pasarte la vida culpando a tus heridas por cada relación que destruyes, por cada oportunidad que dejas pasar, por cada persona que alejas. Porque llega un punto donde tu trauma deja de ser una explicación y se convierte en una excusa.

Tu dolor es real. Pero usarlo como escudo para no crecer, para no sanar, para no hacer el trabajo difícil de distinguir entre el pasado y el presente, eso no es sobrevivir. Eso es quedarte voluntariamente en la prisión que otros construyeron para ti. Y la llave siempre ha estado en tu mano. Nadie va a venir a rescatarte. Nadie puede sanar tus heridas por ti. Puedes tener todo el apoyo del mundo, toda la comprensión, toda la paciencia. Pero si tú no decides hacer el trabajo, si tú no enfrentas esos fantasmas, si tú no separas lo que fue de lo que es, vas a seguir destruyendo lo bueno que llega a tu vida porque tu sistema sigue creyendo que todo es una amenaza.

Ser consciente de tus disparadores o activadores es el primer paso. Pero el siguiente es hacerte responsable de ellos. Comunicar. “Cuando haces esto, me recuerda a aquello, y mi reacción no se trata de ti.” Buscar ayuda. Aprender a distinguir entre una reacción actual y un trauma viejo. Porque las personas en tu vida presente no tienen por qué pagar eternamente por los pecados de tu pasado. No es justo para ellos. Y sobre todo, no es justo para ti, porque mientras sigas siendo prisionero de lo que fue, nunca vas a poder disfrutar plenamente de lo que es.

Porque aquí está lo poderoso: cuando dejas de asumir y empiezas a preguntar, cuando dejas de imponer tu verdad y empiezas a escuchar la del otro, cuando reconoces tus heridas pero no las usas como excusa, construyes puentes en lugar de muros. “¿Por qué te molestó eso?” “¿Qué significa para ti cuando hago esto?” “¿Hay algo en tu historia que haga que esto sea difícil?” Esas preguntas cambian todo. Porque le das a la otra persona permiso de ser entendida, no juzgada.

Y del otro lado, cuando tú reaccionas fuerte a algo que parece pequeño, cuando tu pasado secuestra tu presente, tienes la responsabilidad de comunicarlo. De decir “esto me dispara porque…” De ayudar al otro a entender que no se trata de ellos sino de tu historia. Pero también tienes la responsabilidad de trabajar en ello. De no esperar que el mundo entero camine de puntitas alrededor de tus traumas indefinidamente. Porque esperar que adivinen es crueldad. Castigarlos por no saber es injusticia. Y esperar que se adapten a tus heridas sin que tú hagas nada por sanarlas es egoísmo.

Al final, todos estamos caminando por este mundo con lentes distorsionados por nuestras experiencias. Y ninguno de esos lentes es más válido que otro. Solo son diferentes. Y mientras más rápido aceptes que tu realidad no es la única realidad, más compasivo te vuelves. Más abierto. Más capaz de amar de verdad.

Porque amar no es encontrar a alguien que ve el mundo exactamente como tú. Es encontrar a alguien cuya forma de ver el mundo respetas aunque sea diferente. Es tener la paciencia de entender por qué el silencio les duele aunque a ti te calme. Es tener la humildad de admitir que tu forma no es la única forma correcta. Es elegir la curiosidad sobre el juicio. La comprensión sobre la condena. Pero también es tener el valor de enfrentar tus propios demonios en lugar de proyectarlos en cada persona que se atreve a acercarse.

Así que la próxima vez que alguien reaccione de una forma que no entiendes, respira. Antes de asumir lo peor, antes de atacar, antes de cerrarte, pregunta. Escucha. Intenta ver el mundo a través de sus ojos, aunque sean ojos que han visto cosas que los tuyos no. Pero también reconoce cuando tu reacción viene de un lugar viejo, cuando estás peleando con fantasmas en lugar de con la persona frente a ti. Porque ese esfuerzo, esa disposición de ponerte en los zapatos del otro aunque te queden grandes o chicos, junto con el coraje de quitarte los lentes del pasado para ver el presente con claridad, eso es lo que nos hace humanos de verdad. Es lo que transforma relaciones rotas en conexiones reales. Es lo que convierte el conflicto en comprensión. Y en un mundo donde todos están peleando batallas invisibles, ese tipo de compasión hacia otros y responsabilidad hacia uno mismo no es debilidad. Es el poder más puro que existe. ​​​​​​​​​​​​​​​​

¡Desata tu poder y esplendor!

El mundo necesita que brilles.

Soy Guillermo del Castillo.

Te quiero.

Plaza San diego