Guillermo del Castillo

Guillermo del Castillo Cajica

El grito que nos hace invencibles

Hay un momento en el que todo se detiene. Las diferencias se evaporan. Los rencores callan. Y miles de gargantas se funden en una sola voz que retumba como un trueno: “Ay, ay, ay, ay, canta y no llores”. En ese instante, no importa si estás en el Estadio Banorte en su reapertura, ese coloso que antes conocimos como el Azteca, en una plaza de Madrid o en un bar perdido de Los Ángeles. Algo cambia. Algo se enciende. Y entiendes, sin que nadie te lo explique, que acabas de tocar algo más grande que tú.

Eso es el Cielito Lindo. No es solo una canción. Es un conjuro. Un grito de guerra disfrazado de serenata. Un recordatorio brutal de que cuando nos juntamos, somos imparables.

Pero espera. Porque detrás de ese coro que eriza la piel hay una historia que pocos conocen. Y es una historia de amor, de disputa, de orgullo y, al final, de algo mucho más profundo: la prueba de que lo que nos une siempre será más fuerte que lo que nos separa.

Todo empezó en 1882, en un rincón tranquilo de Xochimilco. Un músico llamado Quirino Mendoza y Cortés, enamorado hasta los huesos, escribió unos versos para su esposa Agripina. Ella era morena y tenía un lunar junto a la boca. Él lo inmortalizó en una canción. Lo que comenzó como un susurro íntimo entre dos personas terminó convirtiéndose en el himno no oficial de millones.

Pero aquí viene el detalle incómodo que algunos prefieren ignorar. Resulta que esos versos tienen raíces españolas. Sí, españolas. La Sierra Morena existe, y está en Andalucía. Las coplas que Quirino usó aparecen en cancioneros de 1702, más de un siglo antes de que él naciera. Entonces, ¿es mexicana o española esta canción?

Y aquí es donde la historia se pone interesante. Porque la respuesta es: nos vale madre de quién sea. Lo importante es lo que hicimos con ella.

Quirino no copió. Transformó. Agarró esos versos prestados, los envolvió en el ritmo del huapango, les inyectó alma, pasión, alegría, dolor, esperanza. Les dio nuestro pulso. Y los devolvió al mundo convertidos en algo que jamás había existido antes: un canto que no pertenece a un país, sino a cualquiera que lo necesite.

Porque eso hacemos los mexicanos. Tomamos lo que viene de fuera, lo masticamos, lo digerimos y lo regresamos mejorado. No por arrogancia. Por necesidad. Porque aprendimos desde hace siglos que sobrevivir significa adaptarse, mezclar, fusionar. Y crear algo nuevo en el proceso.

Pero la verdadera magia del Cielito Lindo no está en su origen. Está en lo que provoca. En lo que desata cada vez que suena.

¿Estuviste en el estadio? Primero fue un murmullo. Luego una ola. Y de pronto, decenas de mil personas en el Banorte cantando al mismo tiempo, con la misma fuerza, el mismo sentimiento. No importó si eras Portugués o Mexicano. Si uno votó por esto y el otro por aquello. Si uno cree en Dios y el otro en nada. En ese momento, todos somos uno. Y esa unión no es simbólica. Es tangible. Es poderosa. Es invencible.

Los filósofos lo saben desde hace siglos. Aristóteles decía que el ser humano es un animal político, un ser social que solo encuentra su plenitud en comunidad. Pues el Cielito Lindo es la prueba viviente de eso. Es el momento en el que dejamos de ser individuos aislados y nos convertimos en algo más grande. En un nosotros que puede con todo.

Y lo cantamos en las victorias, claro. Pero también en las derrotas. En los terremotos. En las crisis. En los momentos en los que todo parece perdido. Porque sabemos algo que otros han olvidado: que cantando se alegran los corazones. Que la alegría compartida se multiplica. Que el dolor compartido se divide. Y que cuando nos unimos, no hay fuerza en el mundo que pueda rompernos.

Pero aquí está el truco que nadie te dice. Esto no funciona solo con los mexicanos. Funciona con todos. El Cielito Lindo se canta en Italia, en Japón, en Alemania. Se canta en idiomas que ni siquiera suenan parecido al español. Porque la canción ya no es nuestra. Es de todos. Es un recordatorio universal de que la unión hace la fuerza. De que juntos somos más. De que las diferencias son un invento, una distracción, una mentira que nos contamos para justificar la separación.

Y es irónico, ¿no? Una canción que nació de una disputa sobre quién la creó terminó uniéndonos a todos. Españoles, mexicanos, el mundo entero. Como si el universo nos estuviera dando una lección: dejen de pelear por la autoría y empiecen a cantar juntos.

Porque al final, eso es lo único que importa. No de dónde viene la canción. Sino a dónde nos lleva. Y nos lleva a un lugar en el que somos hermanos. En el que nos cuidamos. En el que sabemos que si tú caes, yo caigo. Y si yo me levanto, tú también.

Así que la próxima vez que escuches ese “Ay, ay, ay, ay”, no lo dejes pasar. Cántalo. Grita. Siente cómo tu voz se mezcla con la de miles. Y recuerda que en ese momento no eres solo tú. Eres parte de algo más grande. De una fuerza imparable que nace cuando dejamos de lado el ego y nos entregamos al nosotros.

Porque el mundo está roto. Está dividido. Está asustado. Y necesita recordar que la unión no es una opción. Es la única salida. Es la única manera de sobrevivir. Es la única forma de ser invencibles.

El Cielito Lindo no es solo nuestra canción. Es nuestro manual de instrucciones. Es la prueba de que cuando cantamos juntos, cuando nos movemos juntos, cuando amamos juntos, no hay nada que pueda detenernos.

Así que canta. Y no llores.

¡Desata tu poder y esplendor!

El mundo necesita que brilles.

Soy Guillermo del Castillo.

Te quiero.

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