Andrés Villegas Mendoza

Andrés Villegas Mendoza

Cuarenta años

Hay una edad en la que uno deja de contar los años hacia adelante y empieza a contarlos hacia atrás: hacia el origen. Esta semana cumplí cuarenta, y en lugar de pensar en lo que viene, me sorprendí pensando en una cocina.

En esa cocina había dos abuelas. No voy a escribir sus nombres, porque los nombres son de la familia y esto es de todos. Pero quien haya tenido una abuela de pueblo sabe de qué hablo: manos que amasaban, regañaban y bendecían con la misma naturalidad. Una me enseñó que la palabra empeñada vale más que cualquier papel firmado. La otra, que a la mesa se le hace lugar a quien llegue, aunque la olla esté a la mitad. Ninguna de las dos estudió leyes, y sin embargo me dieron el primer curso de justicia que tomé en mi vida.

Y está mi madre, que sigue aquí, gracias a Dios, corrigiéndome todavía. De ella aprendí algo que ningún cargo enseña: que la dignidad no se negocia ni cuando conviene. Que uno puede ser pobre de dinero pero nunca de palabra. Cuando me ve en la tribuna o en la calle, sé que no está viendo a un diputado. Está revisando si su hijo sigue siendo el mismo. Ese examen no lo pasa uno con discursos.

Cumplir cuarenta en Tecamachalco no es cumplir cuarenta en cualquier lugar. Es haber visto a esta tierra dar y aguantar. Es acordarse de 2017, cuando una injusticia me tocó la puerta y entendí que quedarse callado también es una forma de ser cómplice. Ese día no decidí ser político. Decidí no ser indiferente. Lo demás vino después.

Hoy tengo dos hijas. Y me pasa algo curioso: entre más crecen, más entiendo a las mujeres que me criaron. Porque uno cree que educa a los hijos con palabras, pero los educa con lo que hace cuando cree que nadie lo ve. Mis abuelas y mi madre nunca me dieron un discurso sobre el servicio. Me dieron el ejemplo de servir sin esperar aplauso. Si mis hijas aprenden de mí la mitad de lo que yo aprendí de ellas, me doy por bien pagado.

A los cuarenta uno ya no tiene pretextos. Ya sabe quién es, de dónde viene y qué le debe a su gente. Yo le debo todo a este distrito: a Tecamachalco, a Acatzingo, a Ciudad Serdán, a Quecholac, a Palmar de Bravo, a Yehualtepec. Aquí me hice, y aquí quiero que me sigan viendo caminar, con las mismas ganas del primer día y con algo que a los veinte no tenía: la certeza de que el poder solo sirve si se convierte en bienestar para los demás.

No sé qué me deparan los próximos cuarenta. Pero sé qué no va a cambiar: soy de aquí y para los tuyos. Las manos que me formaron me enseñaron a trabajar con las dos: una para hacer, otra para tender.

Soy Andrés Villegas. Y trabajo para ti.

Plaza San diego