Todas y todos podemos acompañar
Hay ausencias que siguen nombrándose porque siguen doliendo.
En México, aproximadamente 133 mil personas continúan desaparecidas. Detrás de cada una hay una familia que busca, que espera y que aprende a vivir con una incertidumbre que lo invade todo: el tiempo, las rutinas, los vínculos y la manera de imaginar el futuro.
Para quienes no hemos vivido esa experiencia, acercarnos a ese dolor puede resultar difícil. Con frecuencia no sabemos qué decir, como actuar o de qué manera acompañar. Tememos incomodar, preguntar demasiado o decir algo equivocado. A veces incluso, optamos por guardar silencio o actuar como si nada ocurriera.
Sin embargo, aunque estos temores son comprensibles, el silencio también puede tener consecuencias. Cuando una persona enfrenta la desaparición de un ser querido, la indiferencia de quienes la rodean puede profundizar la sensación de soledad y desamparo. En un contexto donde la búsqueda suele recaer principalmente en las familias, acompañar no es un gesto menor, es una forma de reconocer su dolor, su lucha y su humanidad.
Acompañar no significa tener respuestas ni resolver el sufrimiento de las personas. Muchas veces implica acciones sencillas pero significativas como compartir una ficha de búsqueda en redes sociales, participar en a una marcha o acto de exigencia, o simplemente preguntar a quien busca ¿hay algo en lo que te pueda ayudar?
En los primeros momentos tras una desaparición, la presencia puede ser fundamental. Estar cerca, escuchar, ayudar a organizar pensamientos o acompañar en decisiones inmediatas ofrece contención en medio de esta situación tan dolorosa. A veces una mirada atenta, un gesto respetuoso o palabras sencillas que validen lo que la otra persona siente pueden resultar profundamente significativas.
La escucha activa también ocupa un lugar central. Frente a la desaparición pueden aparecer el miedo, la culpa, la desesperación, la confusión o una sensación constante de alerta. Cada persona vive y expresa estas emociones de manera distinta, según su historia, sus recursos personales y su contexto. No se trata de evitar el sufrimiento ni de corregir lo que siente, sino de acompañar esa expresión sin juzgarla.
También es posible brindar apoyo de formas más concretas, por ejemplo, ayudar a identificar rutas de actuación frente a una desaparición, colaborar en la organización de información para elaborar una ficha de búsqueda o localizar contactos de colectivos de familiares en búsqueda u organizaciones de la sociedad civil, para que, si la persona así lo decide, pueda ampliar sus redes de apoyo.
Los colectivos de familiares de personas desaparecidas suelen desempeñar un papel esencial. Para muchas personas, acercarse a quienes han atravesado experiencias similares, representa una primera forma de comprensión y acompañamiento genuino. Estos espacios no solo ofrecen orientación en procesos de búsqueda o de denuncia, sino también la posibilidad de construir vínculos de solidaridad y afrontamiento frente a un dolor compartido.
Algunas organizaciones de la sociedad civil también ofrecen acompañamiento psicosocial que pueden incluir apoyo frente a los procesos institucionales de denuncia e investigación, acompañamiento en búsquedas de campo y participación en acciones de memoria y exigencia de justicia.
Si buen, acompañar de forma integral conlleva sus propios desafíos. Quizás, el desafío más importante sea comprender que la desaparición de personas no debería concernir únicamente a las familiares que buscan. Es una realidad que nos interpela como sociedad y nos obliga a preguntarnos qué tipo de comunidad queremos construir frente al dolor, y qué lugar ocupan la solidaridad y la empatía en un contexto atravesado por la violencia.
Acompañar nos invita a salir del individualismo, resistir a la comodidad a la que nos arrastra la indiferencia y corresponsabilizarnos con la ética del cuidado. Porque frente a la desaparición, la obligación de encontrarles corresponde al Estado, pero la responsabilidad de no abandonar a quienes buscan es de todas y de todos.


