Guillermo del Castillo

Guillermo del Castillo Cajica

Si te pierdes para ser amado, ya perdiste

¿Cuántas veces has callado lo que pensabas para no molestar? ¿Cuántas veces cambiaste tu forma de ser porque creíste que así te querrían más? ¿Cuántas partes de ti enterraste vivas para que alguien se quedara? Y ahora mírate. Estás en una relación, sí. Pero ¿dónde estás tú? Porque si tuviste que desaparecer para que te eligieran, entonces lo que esa persona ama no eres tú. Es la versión editada, censurada, reducida que construiste para no asustar. Y eso no es amor. Es actuación. Un monólogo que nadie pidió ver pero que igual sigues representando noche tras noche. Y tarde o temprano, el personaje se cansa. Y cuando te cansas de fingir, cuando ya no puedes sostener la máscara, todo se cae. No porque la relación fuera mala. Sino porque nunca fue real.

La gente se pierde en las relaciones por una razón simple, tienen más miedo de estar solos que de traicionarse a sí mismos. Prefieren ser amados por quien no son que arriesgarse a no ser amados por quien sí son. Qué conveniente, ¿no? Entonces empiezan a adaptarse. A complacer. A medir cada palabra. A censurar cada reacción. A volverse pequeños para que el otro se sienta grande. Y llaman a eso amor. Pero no lo es. Es negociación. Es intercambio mediocre. “Te doy lo que quieres y tú no me abandonas.” Básicamente un contrato laboral pero con más drama y menos prestaciones. Eso no es conexión. Eso no es prosupervivencia.

Y pasa porque confundimos dos cosas. Confundimos validación con amor. Creemos que si alguien nos elige, eso nos hace valiosos. Entonces hacemos lo que sea para ser elegidos. Nos vestimos diferente. Hablamos diferente. Actuamos como creemos que deberíamos actuar. Todo para gustar. Para impresionar. Para ser suficientes. Básicamente nos convertimos en un comercial de treinta segundos de nosotros mismos, vendiendo una versión que ni siquiera existe en stock. Pero aquí está el problema, cuando construyes una relación sobre quién pretendes ser, tienes que seguir pretendiendo para siempre. Y eso no solo es agotador. Es imposible.

Porque no puedes fingir toda la vida. En algún momento sale lo real. Y cuando sale, la otra persona se siente engañada. No porque les hayas mentido con palabras. Sino porque les mostraste una versión de ti que no existe. Como esos muebles de IKEA que se ven increíbles en la foto pero cuando los armas te das cuenta que falta la mitad de los tornillos. Y ahora tienen que decidir si quieren quedarse con quien realmente eres. Y tú tienes que vivir con el miedo constante de que la respuesta sea no.

Pero déjame preguntarte algo: ¿de verdad quieres estar con alguien que solo te ama cuando finges? ¿De verdad quieres construir una vida sobre la base de ocultar quién eres? Porque eso no es intimidad. Es soledad compartida. Es estar junto a alguien y aun así sentirte completamente solo. Porque nadie te conoce de verdad. Solo conocen al personaje. Y el personaje, seamos honestos, es aburrido. Genérico. Como esas series que Netflix cancela después de una temporada.

Y gran parte de esto viene de creer que necesitas a alguien para estar completo. Que sin pareja eres la mitad de algo. Como si fueras un calcetín buscando su par. Entonces cuando llega alguien, te aferras. Te adaptas. Te reduces. Porque en tu mente, perderlos es peor que perderte a ti mismo. Pero esa ecuación está rota. Porque cuando te pierdes por alguien más, pierdes todo. Pierdes tu centro. Tu voz. Tu identidad. Y te conviertes en un satélite que gira alrededor de otra persona, esperando que te den luz porque ya no recuerdas cómo brillar solo.

Y aquí está la ironía cruel, esa dependencia que crees que los mantiene unidos es exactamente lo que los va a separar. Porque nadie quiere cargar con la responsabilidad de ser el sentido de vida de otra persona. Es demasiado peso. Es demasiada presión. Es como ser el Wi-Fi de alguien, si te caes, todo su mundo colapsa. Y eventualmente, se van a alejar. No porque no te quieran. Sino porque no pueden salvarte. Y no deberían tener que hacerlo.

Entonces confundimos impresionar con conectar. Creemos que si mostramos nuestros logros, nuestro estatus, nuestras cosas, vamos a ser dignos de amor. “Mira mi coche. Mira mi trabajo. Mira cuántos seguidores tengo.” Como si el amor fuera una subasta y el que tenga más cosas gana. Pero las conexiones reales no se construyen sobre lo que tienes. Se construyen sobre quién eres cuando no tienes nada que demostrar. Cuando bajas la guardia. Cuando muestras tus miedos. Tus dudas. Tus días malos. Eso es lo que crea cercanía. No tu currículum. No tu Instagram perfectamente curado. Tu humanidad.

Pero mostrar eso da miedo. Porque creemos que si nos ven vulnerables, nos van a rechazar. Entonces nos protegemos. Construimos muros. Actuamos como si todo estuviera bajo control. Como si fuéramos completos, perfectos, sin fisuras. Y mantenemos al otro a distancia suficiente para que no vean las grietas. Pero así nunca te van a conocer. Y si nunca te conocen, nunca te van a amar de verdad. Solo amarán la fachada. Y tú vas a vivir con el terror de que descubran lo que hay detrás. Como un restaurante elegante con baños horribles.

Amar desde la carencia es buscar en alguien más lo que no encontraste en ti. Es necesitar que te llenen. Que te completen. Que te digan que vales. Pero eso no es amor. Es dependencia con nombre bonito. Y la dependencia se disfraza bien. Usa palabras bonitas. “No puedo vivir sin ti.” “Eres todo para mí.” Suenan románticas en las películas. En la vida real son señales de alerta gigantes. Porque significan que tu bienestar depende de alguien más. Y eso les da un poder sobre ti que nadie debería tener.

Amar desde la abundancia es diferente. Es llegar completo. Es elegir a alguien no porque lo necesites, sino porque quieres compartir con ellos. Porque sumas, no porque restes. Porque te expandes, no porque te reduces. Y esa es la única forma sana de amar. Desde un lugar donde puedes irte en cualquier momento, pero eliges quedarte. No por miedo. Por decisión. Qué concepto revolucionario, ¿verdad?

Y cuando amas así, no necesitas máscaras. No necesitas pretender. Puedes ser tú. Con tus defectos. Con tus rarezas. Con todo lo que te hace imperfectamente humano. Y si la otra persona no puede manejarlo, está bien. Porque mejor estar solo siendo tú que acompañado fingiendo ser otro. Mejor una cama vacía que compartir tu vida con alguien que ni siquiera sabe tu nombre real.

Porque aquí está lo que muchos no entienden: la soledad no es el enemigo. La pérdida de ti mismo sí lo es. Puedes estar en una relación y sentirte completamente perdido. Puedes estar rodeado de gente y no reconocerte en el espejo. Eso es peor que estar solo. Porque al menos cuando estás solo, sabes quién eres. Pero cuando te pierdes en alguien más, ni siquiera tienes eso. Solo tienes una vida prestada y una identidad alquilada.

Entonces elegimos mal. Elegimos desde el miedo. Desde la escasez. “Es esto o nada.” “Al menos tengo a alguien.” Como si tener a cualquier persona fuera mejor que tener paz. Y nos conformamos. Nos quedamos en relaciones que no nos nutren. Que no nos retan. Que no nos hacen crecer. Porque tener a alguien, aunque sea la persona equivocada, se siente menos aterrador que estar solos. Pero eso no es elegir. Y las relaciones no deberían ser sobre sobrevivir. Deberían ser sobre florecer. No sobre marchitarse juntos lentamente.

Y cuando confundimos compromiso con prisión, creemos que amar es renunciar. Renunciar a tus amigos. A tus pasiones. A tus sueños. Para encajar en la vida de alguien más. “Es que el amor es sacrificio,” dicen. Claro. Pero sacrificio no significa ponerte de ofrenda. No significa prenderte fuego para que alguien más tenga luz. Eso no es compromiso. Es autodestrucción con audiencia. El compromiso real no te hace pequeño. Te hace más tú. Porque la persona correcta no te pide que renuncies a nada. Te apoya para que seas más de lo que ya eres.

Y cuando dos personas se pierden la una en la otra, cuando dejan de ser individuos y se convierten en una masa diluida de identidades confusas, eso tampoco es amor. Es fusión. Y la fusión es muy tóxica. Porque ya no hay dos personas construyendo algo juntas. Hay dos mitades dependiendo la una de la otra para sentir que son algo. Como esas parejas que empiezan a hablar en plural. “Nosotros pensamos.” “A nosotros nos gusta.” ¿Dónde quedó el yo? Ah, lo enterraron junto con su personalidad.

Las relaciones sanas son dos personas completas que eligen caminar juntas. No porque se necesiten. Sino porque se potencian. Dos que tienen sus propios sueños, sus propias vidas, sus propias identidades. Y eligen compartir. No fundirse. Compartir. Como quien comparte una pizza pero cada quien tiene su rebanada. Y esa es la diferencia entre una relación que te expande y una que te reduce.

Y esas relaciones que realmente funcionan, las que no te asfixian, se sostienen sobre cuatro cosas claras. Primero, la autonomía. Que cada quien conserve su identidad, su criterio, sus forma. Que no tengas que desaparecer para encajar. Segundo, el intercambio real. Que lo que das en tiempo, energía, cuidado, también lo recibas. Sin ese desequilibrio donde solo uno se sacrifica mientras el otro recibe. Tercero, la elección consciente. Estar juntos porque se eligen, no porque se necesitan. No por miedo, no por dependencia, sino porque realmente quieren. Y cuarto, el propósito compartido. Construir algo juntos, tener metas y valores que van en la misma dirección, sin que eso anule quien es cada uno. Cuando estas cuatro bases existen, la relación no te limita. Te expande. Te hace más tú, no menos.

Y sí, vas a lastimar. Vas a decepcionar. Porque no puedes ser perfecto. Nadie puede. Sorpresa, eres humano. Pero puedes ser real. Y cuando eres real, cuando te muestras como eres, das permiso al otro para hacer lo mismo. Y ahí es donde empieza la conexión verdadera. No en la perfección. En la honestidad. En decir “oye, también tengo días horribles y a veces como cereal o comida chatarra.”

Entonces deja de juzgar. Al otro. A ti mismo. Porque todos estamos tratando de hacer lo mejor que podemos con las heridas que cargamos. Y cuando empiezas a ver al otro con compasión, cuando dejas de exigir desde tu propio dolor, todo cambia. Ya no necesitas que sean perfectos. Solo necesitas que sean reales. Y tú también puedes serlo.

Porque al final, no se trata de lo que tienes. De lo que logras. De cómo te ves. Se trata de quién eres cuando nadie está mirando. De cómo tratas a otros. De cómo te tratas a ti mismo. Eso es lo que define tu valor. No tu personaje. Tu esencia.

Y si has estado perdiéndote en relaciones, si has estado callando tu voz, si has estado fingiendo ser alguien que no eres, es hora de parar. Porque la relación correcta no te pide que desaparezcas. Te invita a aparecer. Completamente. Sin disculpas. Sin máscaras. Y si alguien no puede amarte así, entonces no es tu persona. Y está bien. Porque mejor estar solo siendo tú que acompañado siendo nadie.

No te pierdas para que te quieran. Porque cuando te pierdes, lo que construyes no es amor. Es una prisión. Y mereces más que eso. Mereces ser visto. Conocido. Amado por quien realmente eres. No por quien finges ser.

¡Desata tu poder y esplendor!

El mundo necesita que brilles.

Soy Guillermo del Castillo.

Te quiero.

Lee más en: https://theroadrunner.org/

Plaza San diego