Guillermo del Castillo

Guillermo del Castillo Cajica

El que más grita en las gradas es el que menos vive

Hay algo que pasa cada fin de semana en millones de lugares del mundo que dice más sobre la condición humana que cualquier libro de filosofía. Un hombre se para frente al televisor o en las gradas de un estadio y grita. Salta. Llora. Se abraza con extraños. Defiende al árbitro o lo insulta con una convicción que rara vez usa para defender sus propios sueños. Se pone la camiseta de alguien más y la defiende como si fuera la suya propia.

Y hay quienes hacen exactamente eso y al mismo tiempo salen a la cancha de su propia vida con esa misma intensidad. Que disfrutan el partido del domingo y el lunes van por sus metas con el mismo fuego. Esas personas entienden algo que muy pocos practican: que la pasión no se divide, se multiplica. Y que alguien que vive con esa energía en todas las direcciones es alguien que realmente sabe vivir.

Este artículo no es para ellos. Es para los demás.

Para quienes la mayor emoción de la semana vive en algo donde son espectadores. Para quienes gritan los goles de alguien más porque hace mucho tiempo dejaron de perseguir los propios. Para quienes vibran con la victoria ajena porque la suya propia lleva años pospuesta, olvidada, enterrada bajo capas de excusas que suenan muy bien pero que en el fondo son miedo.

Y eso, aunque está normalizado, aunque mucha gente lo hace, merece una mirada honesta.

Porque qué fácil es opinar desde las gradas.

El entrenador no sabe nada. El jugador falló ese tiro imposible que desde el sofá parecía obvio. El árbitro se equivocó. El equipo no jugó bien. Hay una claridad perfecta para ver los errores ajenos que milagrosamente se vuelve borrosa cuando se trata de la propia vida.

Porque ahí, en la propia vida, ya no es tan fácil ver con esa nitidez. Ya no aparece esa exigencia implacable que sí se aplica sin piedad a personas que se atrevieron a salir a la cancha. Y esa diferencia, esa brecha entre lo que se exige a otros y lo que se exige a uno mismo, es la que vale la pena mirar.

Porque con frecuencia quien más opina sobre cómo se debe jugar es quien nunca jugó. Quien más critica el liderazgo es quien nunca lideró nada. Quien más juzga el esfuerzo ajeno es quien menos esfuerzo propio tiene para mostrar.

Y no es crueldad reconocerlo. Es información. Información valiosa que puede cambiar algo si se recibe sin atacarse a uno mismo y sin defenderse tampoco.

Piénsalo sin juzgarte. Esa energía que pones en un partido. Ese nivel de involucramiento emocional. Esa intensidad. Esa disposición a dar todo, a sufrir y gozar con cada jugada. ¿Cuánto de esa energía llega a tu vida propia? ¿A tus metas? ¿A tus relaciones? ¿A las cosas que realmente importan cuando el partido termina?

No para castigarte. Para verlo claro.

Marco Aurelio, que vivió con una intensidad y una responsabilidad que muy pocos seres humanos han conocido, escribía algo que aplica aquí con una precisión que no ha envejecido: que muchas personas viven como si tuvieran todo el tiempo del mundo para empezar a vivir de verdad. Y que ese aplazamiento, ese “después”, es con frecuencia la forma más silenciosa de desperdiciar algo que no regresa.

Y aquí viene la pregunta que vale la pena hacerse con honestidad y sin dureza hacia uno mismo.

¿Qué pasaría si le pusieras a tu propia vida una parte de la pasión que le pones al partido del domingo?

¿Qué pasaría si defendieras tus sueños con algo de la misma energía con que defiendes los colores de tu equipo?

¿Qué pasaría si te levantaras algunos días con el mismo nivel de expectativa con que te levantas el día de un partido importante?

¿Qué pasaría si te pusieras tu propia camiseta con el mismo orgullo con que te pones la del equipo?

Porque ese equipo tiene su propia historia. Pero tu historia también merece esa energía. Tus hijos también. Tu comunidad también. Tus sueños también. Las personas que dependen de ti también.

No estoy diciendo que la afición esté mal. No lo está. Disfrutar el deporte, emocionarse con un partido, compartir esa pasión con otros, todo eso tiene un valor real en la vida de las personas. Lo que vale la pena preguntarse es si esa misma llama también está encendida en los lugares donde más se necesita.

Porque la vida no está diseñada solo para ser vista. Está diseñada para ser jugada. Con errores. Con caídas. Con jugadas que no salen como planeabas. Con momentos donde el marcador va en tu contra y tienes que decidir si sigues o te rindes.

Y la diferencia entre quien vive de verdad y quien principalmente observa no es el talento. No es la suerte. Es que uno decidió salir a la cancha aunque no tuviera garantías. Aunque hubiera riesgo. Aunque pudiera fallar.

Salió. Y eso lo cambió todo.

Porque en la cancha pasan cosas que desde las gradas no puedes imaginar. La adrenalina de intentar algo que no sabes si vas a poder. La satisfacción de dar todo lo que tienes aunque el resultado no sea el que esperabas. La conexión real con otros que también están ahí, construyendo algo que importa.

Eso no se experimenta solo desde el sofá.

Y tu comunidad, tu familia, tu entorno, se benefician enormemente cuando alguien decide poner esa misma energía que le da al estadio en algo que cambia algo real. En algo que construye algo real. En algo que deja algo real.

Porque dentro de algunos años nadie va a recordar qué partido viste el domingo. Pero las personas que te importan van a recordar si estuviste presente de verdad. Si construiste algo que valió la pena. Si saliste a la cancha de tu propia vida con pasión.

Así que si ya juegas ambos juegos, si ya vives con esa intensidad en todas las direcciones, celebra eso. Es más que magia. Es quien eres.

Y si hay algo de esto que resonó de una manera diferente, si hay una parte de ti que sabe que tiene más para dar en su propio partido, entonces ya sabes lo que sigue.

Ponerte tu propia camiseta. La que tiene tu nombre. La que representa lo que tú quieres construir.

Y salir a jugar.

Con todo.

¡Desata tu poder y esplendor!
El mundo necesita que brilles.
Soy Guillermo del Castillo.
Te quiero.

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