El día que entendí que servir también duele
Nadie te prepara para el momento exacto en el que servir deja de ser un ideal y se vuelve una carga real. No aparece en los manuales, no se aprende en campaña y no se presume en discursos. Simplemente llega. Y duele.
Lo entendí un día cuando, en un recorrido, una madre me miró y sin intermediar palabras supe que su esperanza se había roto y que ya había tocado todas las puertas.
Tan cansada que no levantó la voz. Ahí supe que el cargo no te protege del dolor ajeno, que, al contrario, te hace parte de él. Supe que terminas dentro de situaciones que ni resolviendo te quitas de encima.
Servir no es cortar listones ni posar para la foto. Servir es recibir llamadas a medianoche, tomar decisiones que no te dejarán dormir y asumir que no siempre habrá aplausos. A veces habrá silencio. A veces incomodidad. Y muchas veces, soledad.
Durante mucho tiempo pensé que la fortaleza estaba en no quebrarse. Me equivoqué. La verdadera fortaleza está en sentir, en permitir que el dolor del otro te atraviese y aun así seguir. Porque cuando ya no duele, algo se rompe por dentro. Y quien deja de sentir, deja también de servir.
He visto de cerca el miedo, la injusticia, la impotencia. He escuchado historias que no salen en las noticias y he cargado preguntas que no tienen respuesta inmediata. En esos momentos uno entiende que el poder no abriga, que el cargo no consuela y que el reconocimiento no cura.
Pero también he aprendido algo más profundo: servir es una elección diaria. Una decisión consciente de no voltear la cara, de no acostumbrarse al dolor, de no normalizar lo que no es normal. Es decidir quedarse cuando sería más fácil irse.
Porque servir no es para quien busca comodidad, ni para quien teme incomodar. Servir es para quien está dispuesto a cargar con lo que otros no quieren ver, a sostener miradas que duelen y a tomar decisiones que no siempre serán comprendidas.
Servir es entender que el cargo es prestado, pero la conciencia no. Que la historia no recordará cuántos discursos se dieron, sino cuántas veces se estuvo del lado correcto, aun cuando eso significara perder, callar o resistir en soledad.
Ese día entendí que servir también duele. Y hoy lo digo con claridad: prefiero un servicio que duela, a un poder que sea indiferente. Porque cuando el dolor del otro ya no pesa, entonces el poder deja de tener sentido.
Y mientras siga doliendo, seguiré sirviendo.

