Guillermo del Castillo

Guillermo del Castillo Cajica

Cuando esperas el rayo que nunca llega

Hay una escena en una película que probablemente cambiará tu vida si la entiendes de verdad. No es de acción. No tiene explosiones. Es solo un padre hablando con su hija. Pero lo que dice ese padre, William Parrish en ¿Conoces a Joe Black?, es tan brutal y tan honesto que la mayoría prefiere ignorarlo. Porque aceptarlo significa admitir que tal vez, solo tal vez, estás conformándote con migajas cuando podrías tenerlo todo.

William Parrish es un magnate. Un titán. Un hombre que construyó imperios con lógica, estrategia y control absoluto. Pero cuando la película empieza, algo cambia. Siente un dolor en el pecho. Una voz. Y pronto descubre que la Muerte misma ha venido a visitarlo. Su tiempo se acaba. Y cuando sabes que te queda poco, las prioridades se aclaran de golpe.

Mira a su hija Susan. Está comprometida con Drew, el sucesor perfecto en su empresa. Drew es inteligente, capaz, estable. Es el tipo de hombre que cualquier padre aprobaría en automático. Pero William lo ve diferente. Ve a su hija conformándose con una “agradable compañía”. Ve una transacción. Ve seguridad sin fuego. Y para un hombre que está negociando con la Muerte, ver a su hija eligiendo solo una parte de lo que merece es peor que su propia partida.

Entonces le habla. Y lo que le dice no es un consejo de padre normal. Es un manifiesto sobre cómo vivir completo.

Le dice: “No me gusta lo que escucho. Ni un atisbo de pasión, ni una pizca de emoción. Drew es brillante, es capaz, será un gran líder… pero no hay fuego en él para ti, ni en ti para él. Quiero que seas feliz. No, quiero que seas locamente feliz”.

Locamente feliz. No solo feliz. No solo cómoda. Locamente.

Y sigue: “Quiero que te sientas transportada. Quiero que levites. Quiero que cantes con entusiasmo y que bailes como una derviche. Quiero que pierdas el control, Susan”.

Perder el control. Esa frase que te enseñaron a evitar toda tu vida. Pero William, desde la claridad que solo da la cercanía con el final, te dice que sin eso, no has vivido nada.

Y cuando Susan intenta minimizarlo con sarcasmo, cuando dice “está bien, voy a anotar eso en mi lista de tareas”, él no se detiene. Se pone serio. Urgente. Y dice algo que debería estar grabado en piedra:

“Lo sé, suena a cursilería de tarjeta de felicitación, pero el amor es pasión, es obsesión, es alguien sin quien no puedes vivir. Yo te digo: lánzate de cabeza. Encuentra a alguien a quien ames locamente y que te ame de la misma manera”.

Lánzate de cabeza. No con precaución. No con un plan de contingencia. De cabeza. Porque la vida no se vive con arnés de seguridad.

Susan pregunta cómo se encuentra eso. Y aquí viene la parte que más duele. William le dice: “Olvida el cerebro y escucha al corazón. No oigo ese corazón golpeando en tu pecho, Susan. Porque la verdad, cariño, es que vivir la vida sin eso no tiene sentido. Hacer el viaje de la vida y no enamorarse profundamente… bueno, es como no haber vivido. Tienes que intentarlo, porque si no lo has intentado, no has vivido”.

No oigo ese corazón golpeando. Tu cuerpo no miente. Puedes engañar a tu mente con argumentos lógicos. Puedes convencerte de que Drew es una buena opción porque tiene un buen trabajo y es confiable. Pero tu corazón no golpea. Y eso es todo lo que necesitas saber.

Y cuando Susan dice, casi en broma, “quién sabe, puede que me caiga un rayo”, William la mira directo a los ojos y responde: “Mantente abierta. No te cierres por miedo o por comodidad. Quién sabe… puede que caiga un rayo”.

El rayo. Esa cosa impredecible, incontrolable, que cambia todo en un segundo. Eso es el amor verdadero. No es algo que eliges de un catálogo. No es algo que planeas. Es algo que te golpea. Y cuando lo hace, te deja marcado para siempre.

Pero aquí es donde la mayoría se pierde. Porque te han vendido una mentira. Te han dicho que tienes que elegir. Que puedes tener pasión o puedes tener paz, pero no ambas. Que puedes tener fuego o puedes tener estabilidad, pero no las dos cosas. Que el amor ardiente es caótico y doloroso, y que la tranquilidad es aburrida pero segura.

Mentira. Pura mentira que te mantiene conformándote con la mitad de lo que mereces.

Porque la verdad es esta: cuando encuentras a la persona correcta, no tienes que elegir. Lo tienes todo. La pasión que te hace temblar. La paz que te permite dormir tranquilo. El fuego que te consume y la calma que te sostiene. Las metas que caminan juntas. La compatibilidad pura donde no hay que forzar nada porque todo fluye.

No es una fantasía. Es lo que pasa cuando dos personas se encuentran en el mismo nivel de consciencia, con los mismos valores profundos, con la misma visión del mundo. Cuando no tienes que explicar quién eres porque te ven completo. Cuando no tienes que negociar tus sueños porque los suyos van en la misma dirección.

Eso es lo que William quiere para Susan. No que elija entre seguridad y pasión. Sino que espere hasta encontrar a alguien que le dé ambas. Porque conformarse con menos es traicionarte a ti mismo.

Cuando menciona a los derviches, está tocando algo profundo. Los derviches son místicos sufíes, buscadores espirituales del islam que descubrieron hace siglos algo que Occidente apenas empieza a entender: que girar en círculos hasta perder el equilibrio, hasta que tu mente se calle y tu ego desaparezca, te lleva a un estado de éxtasis donde te conectas con lo divino. Giran y giran durante horas, con los brazos abiertos, hasta que ya no saben dónde están ni quiénes son. Solo quedan fusionados con algo más grande. Pues eso es lo que William quiere para su hija. Un amor que te haga girar hasta perder el sentido de la gravedad y que al mismo tiempo te dé el centro más sólido que has tenido en tu vida.

Porque ese es el secreto que nadie te cuenta: el amor verdadero no es caos. Es orden. Es alineación perfecta. Es cuando dos personas se mueven en la misma frecuencia sin esfuerzo. Cuando las conversaciones no son batallas sino descubrimientos. Cuando los silencios no son incómodos sino sagrados. Cuando las metas no compiten sino que se potencian.

Y sí, hay pasión. Claro que hay pasión. Pero no es la pasión tóxica de las películas, donde se pelean y se reconcilian cada semana. Es la pasión de dos fuegos que arden juntos y se hacen más grandes. Es la intensidad que no desgasta sino que alimenta. Es ese deseo que no disminuye con el tiempo porque está enraizado en algo más profundo que la atracción física.

Pero aquí está el problema. La mayoría se conforma. Eligen a Drew. El que está bien. El que es suficientemente bueno. El que no los va a lastimar pero tampoco los va a hacer sentir vivos. Y se dicen a sí mismos que es madurez. Que es ser realista. Que esperar más es infantil.

Y así pasan años. Décadas. Viviendo a medias. Con alguien que es su compañero pero no su cómplice. Con alguien que comparte la casa pero no los sueños. Con alguien que está ahí pero no está presente. Y se preguntan por qué se sienten vacíos. Por qué tienen todo lo que se supone que querían pero nada de lo que realmente necesitaban.

Porque eligieron la mitad. Y nadie te dice que la mitad es peor que nada. Porque nada te deja abierto. Nada te mantiene buscando. Pero la mitad te cierra. Te hace conformarte. Te convence de que esto es todo lo que hay.

Y no lo es.

Existe esa persona con la que no tienes que negociar quién eres. Con la que tus metas no chocan porque van en la misma dirección. Con la que la pasión no es una montaña rusa sino un fuego constante. Con la que la paz no es aburrimiento sino certeza. Con la que todo encaja sin forzar nada.

Pero para encontrarla, tienes que hacer algo que la mayoría no tiene el coraje de hacer: tienes que esperar. Tienes que decir no a lo que es solo suficientemente bueno. Tienes que soltar a Drew aunque sea seguro. Tienes que confiar en que el rayo viene. Y tienes que mantenerte abierto.

Porque el rayo solo cae en terreno despejado. Si ya llenaste tu vida con una relación mediocre, no hay espacio para lo extraordinario. Si ya te conformaste con alguien que te da paz pero no pasión, o pasión pero no paz, estás bloqueando la posibilidad de encontrar a quien te dé ambas.

Y sí, da miedo. Claro que da miedo estar solo mientras esperas. Ver cómo otros se casan. Escuchar las preguntas incómodas en las reuniones familiares. Dudar si estás siendo demasiado exigente. Si deberías conformarte como todos.

Pero William Parrish, desde su conversación con la Muerte, sabe algo que tú necesitas entender: que pasar la vida con la persona equivocada es morir lento. Que conformarte con menos de lo que mereces es traicionarte cada día. Que esperar lo extraordinario no es ser ingenuo, es ser valiente.

Porque al final, la vida no se mide en cuánto tiempo estuviste en pareja. Se mide en cuánto estuviste vivo. Y estar con alguien que no te hace latir más rápido, que no comparte tu visión, que no te da paz y fuego al mismo tiempo, es estar muerto en vida.

¡Desata tu poder y esplendor!

El mundo necesita que brilles.

Soy Guillermo del Castillo.

Te quiero.

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