Ibero Puebla

Académicos Ibero

¿No has oído que cada gran ciudad tiene una cloaca proporcional a su esplendor?

Nuestras ciudades están diseñadas para deslumbrarnos, independientemente de las grietas, humedades y la pátina del tiempo en algunos edificios; los obeliscos del capitalismo como sus centros financieros se levantan como modernas catedrales de cristal y acero; sus fachadas compiten por capturar nuestra mirada y prometen felicidad a cambio de consumo. Monumentos, murales, jardines perfectamente podados y millones de luces orquestan un espectáculo cuya finalidad es que caminemos encandilados, distraídos, sin detenernos a mirar qué —y a quién— se esconde detrás del decorado. 

Porque esa es la función velada del brillo urbano, deslumbrar para cegarnos y ocultar lo que podría mover nuestra consciencia o indignación. Nuestras ciudades contemporáneas son expertas en barrer la pobreza para ocultarla tras vallas espectaculares con diseños de una vida deseable. A los desposeídos se les empuja a los márgenes, se les instala bajo pasos elevados, se les desplaza cuando ocupan una esquina demasiado visible y se les encierra en albergues condenados al olvido. 

El ciclo sigue, porque mientras no los vemos, podemos creer que la miseria es un accidente ajeno, una excepción que no nos toca e ignoramos que es el sistema funcionando perfectamente, porque para que existan los super ricos y Elon Musk se corone como el primer billonario de la historia se necesitan muchos empobrecidos.  

Sin embargo, toda ciudad también es una narrativa. Nos muestra aquello que desea exhibir mientras oculta lo que podría incomodarnos. Detrás de sus constantes intentos de ocultar, embelleciendo las calles con pintura, permanecen los rostros de quienes la sociedad ha decidido ignorar: los pobres, los migrantes, las personas en situación de calle, los ancianos abandonados, los enfermos, las personas rotas y despojadas.

No es casualidad que con la llegada del Mundial de Futbol se barran las calles, se pinten los muros, se mejoran las vialidades principales y se renueven las luminarias, la manera como se cuida la imagen de la ciudad hace que el paisaje urbano termine convirtiéndose en una forma de anestesia moral. Pero la realidad siempre se abre paso, basta mirar con atención en la espera de un semáforo, caminar unas calles fuera de los corredores comerciales o escuchar con atención una historia de vida para comprender que al mundo le faltan compasión y amor, sin éstas no hay manera de reconocer la dignidad del otro y actuar en consecuencia. 

Quien permanece indiferente ante el sufrimiento ajeno es sordo a la voz más profunda de su propia conciencia. Porque no encontramos plenitud ensimismados, sino saliendo al encuentro de los demás, la conciencia nos recuerda que nuestra vida está inevitablemente vinculada con la vida de otros y si venimos al mundo a ser felices esta no puede realizarse plenamente en medio del sufrimiento de un mundo indolente y herido. 

No hay duda de que el servicio es el común denominador en nuestra existencia, sin él la vida es imposible. Sin padres o personas que cuiden al recién nacido, sin alguien que atienda al enfermo, la humanidad se habría extinguido. Es en el servicio donde, muchas veces, encontramos la felicidad como consecuencia inesperada.

Servir no significa romantizar el sufrimiento. Quien acompaña de cerca la miseria humana también conoce la frustración, la impotencia y la tristeza. Hay momentos en que la magnitud de las injusticias lleva a la tentación de resignarse porque parece que nada cambia. Ninguna persona puede erradicar sola la pobreza, la violencia o la exclusión, pero incluso cuando los resultados parecen insuficientes, el servicio siempre ofrece algo invaluable: el sentido.

Pocas cosas dan más valor a la vida que ponerla al servicio de otras personas. Descubrir que cualquier profesión puede convertirse en una forma de cuidar, educar, sanar, construir, acompañar o consolar transforma radicalmente la manera de trabajar y el sentido del trabajo ya no es acumular (o sobrevivir), que nos lleva a la alineación y el vacío, sino a buscar el mayor bien para los otros, lo que nos lleva a la esperanza. 

Esta convicción no es exclusiva de una fe religiosa. Para quienes creen, la dignidad humana proviene de Dios; para quienes no, puede sostenerse en la certeza de que todas las personas poseen el mismo valor por el simple hecho de ser humanas. En ambos casos, la conclusión es que nadie merece ser reducido a su pobreza, a sus errores, a su productividad o a sus posesiones.

En estos tiempos de tormentas y temblores, reales y simbólicos, los acontecimientos cotidianos nos recuerdan la verdad que nos negamos a aceptar, que por más firmeza que nos den el concreto y el acero, basta un terremoto, un huracán o una injusticia para contemplar nuestra fragilidad. Todos vivimos en situación de vulnerabilidad y, por ende, necesitamos de los demás. 

La tarea más importante no es que la ciudad se vea bonita, sino construir comunidades capaces de mirar lo que se oculta: las frágiles realidades de sufrimiento que reclaman nuestro compromiso. Tal vez así, se cumpla lo que Ernesto Sábato (1998) anunciaba: “cuando nos hagamos responsables del dolor del otro, nuestro compromiso nos dará un sentido que nos colocará por encima de la fatalidad de la historia”.

*La frase del título proviene de la novela El huésped (2006), escrita por Guadalupe Nettel.

La tarea más importante no es que la ciudad se vea bonita, sino construir comunidades capaces de mirar lo que se oculta: las frágiles realidades de sufrimiento que reclaman nuestro compromiso.
Leopoldo Díaz Mortera autor de “¿No has oído que cada gran ciudad tiene una cloaca proporcional a su esplendor?” credit: Ibero Puebla

El autor es académico de la Universidad Iberoamericana Puebla.

Correo electrónico: [email protected]

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