Entre millones de rocas que recorren el sistema solar existe un verdadero gigante llamado Vesta, considerado el asteroide más grande con unos 530 kilómetros de diámetro.
Este enorme cuerpo se encuentra en el cinturón principal de asteroides, una región ubicada entre las órbitas de Marte y Júpiter.
Su tamaño es tan sorprendente que representa cerca del 9% de la masa total de los asteroides conocidos en esta zona.
Sin embargo, sus dimensiones no son la única razón por la que este mundo rocoso ha despertado el interés de los científicos.
Vesta comenzó a formarse entre 1 y 2 millones de años después del nacimiento del sistema solar, hace aproximadamente 4,600 millones de años.
Esta antigüedad lo convierte en una especie de fósil espacial capaz de conservar pistas sobre los procesos que dieron origen a los planetas.
De hecho, su estructura es diferente a la de muchos asteroides, pues cuenta con capas internas y un núcleo formado por materiales más densos.
Estas características han llevado a los científicos a considerarlo un protoplaneta, es decir, un cuerpo que estuvo cerca de convertirse en planeta.
La historia de Vesta también quedó marcada en su superficie, donde enormes impactos dejaron algunas de las cicatrices más sorprendentes del sistema solar.
¿Qué esconde Vesta bajo sus enormes cráteres?
Uno de los mayores descubrimientos se encuentra en su hemisferio sur, donde aparece Rheasilvia, una gigantesca cuenca formada por un antiguo impacto.
El cráter mide cerca de 500 kilómetros de ancho, una dimensión equivalente al 95% del diámetro promedio de todo el asteroide.
En su centro se levanta una enorme montaña que alcanza entre 19 y 26 kilómetros de altura, según las observaciones realizadas por NASA.
Estas características fueron estudiadas de cerca por la nave Dawn, que llegó a Vesta en 2011 y permaneció orbitándolo durante más de 1 año.
Durante su misión, la sonda analizó la superficie, composición, gravedad y estructura interna del asteroide antes de continuar su viaje hacia Ceres.
Los datos revelaron un mundo cubierto de cráteres y con una geología mucho más compleja de lo esperado para una roca espacial.
Incluso algunos fragmentos expulsados por antiguos impactos comenzaron a viajar por el espacio y terminaron llegando hasta nuestro propio planeta.
Los científicos estiman que cerca del 6% de los meteoritos encontrados en la Tierra podrían tener su origen en Vesta.
Por ello, estudiar estas rocas permite conocer parte de su historia sin necesidad de viajar nuevamente hasta el cinturón de asteroides.
Más que una enorme roca flotando en el espacio, Vesta funciona como una ventana hacia los primeros capítulos de la historia del sistema solar.


